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Columna de opinión

Por Carlos Rajo

Y al final hubo ceremonia del Grito y desfile militar de los uniformados mexicanos. Un año más de celebrar sin mayores incidentes las llamadas “fiestas patrias” en el Zócalo del Distrito Federal (D.F.). La historia pudiera terminar aquí.

Siendo México sin embargo, el tema es más complejo. Recién el viernes en la tarde todavía no se sabía si el gobierno conseguiría rescatar ese Zócalo capitalino de los miles de maestros que estaban ahí en protesta contra una serie de leyes de Reforma Educativa.

Ante la amenaza del uso de la fuerza e incluso en ciertos casos la utilización de la fuerza misma, los maestros optaron al final por abandonar el Zócalo. Para algunos, una medida transitoria ya que los maestros amenazan con volver a su original sitio de protesta. Para otros, un triunfo del gobierno que al menos por el fin de semana consiguió desinflar la protesta magisterial y llevar a cabo las ceremonias oficiales sin mayor contratiempo.

Más allá de como haya sido el desalojo -figuras como el líder opositor Andrés Manuel López Obrador lo consideran ‘un retroceso para México’ debido al ‘uso de la fuerza’-, el punto es que la crisis magisterial que ha consumido en el último par de meses la atención de mucha de la opinión pública mexicana es un buen ejemplo de esa manera tan única de como funciona la política en México. Lo que en muchos otros países sería el uso obvio y legal de la fuerza pública, en México nunca es una línea recta.

Los maestros llevan varias semanas protestado en el D.F., a menudo paralizando el tráfico en grandes sectores de la ciudad y generando el enojo y molestia de mucha gente. La mayoría de la prensa, supuestamente reflejando el sentir de la opinión pública, pedía que se utilizara la fuerza. Que se pusiera un paro a lo que muchos -desde famosos comentaristas hasta el ciudadano de a pie que se ha visto afectado por las marchas y bloqueos- consideran abusos a terceros.

Otra parte de la prensa, minoritaria, de izquierda si se quiere y con menos resonancia que el resto pero que aún se deja oír con autoridad, considera a los maestros “luchadores sociales”. Gente con todo el derecho a protestar aun si con ello le vuelven la vida miserable a muchos capitalinos.

Que los maestros protestan, señala esta prensa, porque defienden algo fundamental: su derecho a trabajar (como parte de la reformas existe la posibilidad que muchos maestros pierdan sus plazas ya que habrá una evaluación sobre sus capacidades profesionales).

Así las cosas, pasaban los días y el gobierno nunca actuaba. Ni el gobierno del D.F. que está en manos del izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD),  ni el gobierno federal del Presidente Enrique Peña Nieto. El gobierno de la ciudad básicamente se lavó las manos y pasó el problema al gobierno central. Al final este tomó la decisión de la amenaza o el uso de la fuerza -o desalojan para cierta hora o se les enviará la policía para sacarlos. Ante la advertencia, muchos maestros rápidamente evacuaron el Zócalo. Otros esperaron hasta la llegada de la policía, aunque en general no hubo resistencia.

Pero el enviar a las calles a la Policía Federal con sus tanquetas de agua y uniformados listos para la batalla no se hizo sino hasta el último momento, semanas después de que se pudo haber hecho -de nuevo, de acuerdo a lo que serían los estándares y prácticas de cualquier otra ciudad o país donde hay una clara aplicación de la ley sobre las protestas y el orden público-.

La pregunta entonces es ¿por qué no se hizo antes? No hay una respuesta clara ante esto. Lo que sí llama la atención es el balance final en este dilema muy de la sociedad mexicana entre aplicar la ley y la tolerancia a la protesta: no hubo muertos.

Bien o mal, el gobierno consiguió lo que buscaba para este fin de semana último, que el Zócalo estuviera libre para la ceremonia del Grito y luego el desfile militar, y que al mismo tiempo no se le echara gasolina a una protesta social que por mucho que los “chilangos” rechacen y les moleste, existe y todavía no termina.

Se podrá acusar al gobierno -a ambos, tanto al del D.F. como al Federal- de blandos, de timoratos, de permitir que por días y semanas se violara abiertamente la ley y que se trastocara la gran metrópoli, centro político, cultural y económico del país, pero al mismo tiempo no puede ignorarse que consiguió mantener la paz social.

Manera muy mexicana de hacer política si se quiere, una mezcla de diálogo y apapacho, de palo y garrote pero que al menos por el momento alcanza su objetivo de desinflar sin mayores costos la protesta de los ya famosos maestros de Oaxaca (la mayoría de los que protestan son de ese estado).

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